Crónica de un homicidio obrero

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Todo termina con una procesión. Cientos de trabajadores y familiares de la víctima caminan en silencio por los pasillos del cementerio de Avellaneda. Llueve fuerte y todos se mojan, pero a nadie parece importarle. El cajón, cubierto con una bandera amarilla, traslada los restos de David Ramallo, trabajador de la Línea 60, buen compañero, esposo y padre de tres hijos que no lo volverán a ver.

El viernes 9 de septiembre, David trabajaba en su puesto de electricista en la nueva cabecera del barrio de Barracas. Acababa de tomar unos mates con sus compañeros y tenia por delante una tarea complicada: meterse debajo de un colectivo sostenido por un autoelevador que no contaba con las condiciones mínimas de seguridad. “Que nadie se meta ahí abajo, esa maquina no está habilitada”, lo había oído de boca de sus colegas y delegados, pero prefería correr el riesgo antes que ser suspendido o tratado de vago por el encargado de servicio. Tomó coraje, se acostó en la camilla y se dejó arrastrar por debajo de la unidad.

Dos mecánicos venían bajando la escalera del comedor cuando escucharon el ruido. Sonó fuerte, como un choque o una explosión. “¿Oíste eso? Parece que se dieron un palo, vayamos a ver”. Cuando llegaron, vieron al interno 6059 estampado contra el pasillo del control. Debajo del micro, un manchón de sangre presagiaba la tragedia. “¡Está David abajo, rápido, hay que sacarlo”. Hicieron todo lo que pudieron, trajeron gatos hidraulicos, pero no lograron levantar el colectivo; estaba haciendo tope contra el techo de la galería. Alguien llamó a los bomberos, a la ambulancia, mientras todos pedían ayuda.

Un compañero suyo, sin pensarlo, corrió el riesgo y se metió debajo de la unidad. Pudo ver el cuerpo atrapado contra los fierros, vio la sangre y le hablo: “Oíme, David, te vamos a sacar de acá, tenés que aguantar, ya viene la ambulancia”. David le contestaba con un hilo de voz, le decía que no aguantaba más, que estaba reventado y que se iba a morir. “No te vas a morir un carajo, aguanta, por favor, aguanta”. Pero David no aguantó. Las quince toneladas del colectivo lo habían herido de muerte. Cerró los ojos junto a su compañero y agotó sus energías vitales.

Una ambulancia llevó el cuerpo hasta el hospital Penna, donde a pesar de los esfuerzos no pudieron revivirlo. En la cabecera todo era desesperación: los trabajadores lloraban desgarrados; mientras los responsables del crimen abandonaban las instalaciones como ratas, dejando sus autos estacionados en la playa. Se decretó el paro. Pero todavía faltaba tomar otro trago amargo, ¿cómo se le explica a una madre y a una esposa que su marido falleció a causa de la codicia empresaria? ¿Cómo se le dice a tres hijos chicos que su padre ya no está?

Pasaron dos días hasta que entregaron el cuerpo. El velatorio tuvo lugar en una sala de la localidad de Villa Dominico. Junto al cajón, la viuda recibía las condolencias de los trabajadores. Ante cada palabra de aliento, siempre, siempre, la misma respuesta: “ayúdenme  a que se haga justicia, por favor, queremos justicia”. Le juramos que no descansaríamos hasta ver presos a los responsables, y eso es lo que vamos a hacer. A David Ramallo lo mató la avaricia desmedida del grupo DOTA, pero también lo mataron los encargados que, a toda costa, se desviven por explotar a los obreros, y el Estado corrupto que habilita instalaciones por una coima miserable. Como pasó en Cromañon, igualito a la masacre de Once.

El lunes 12 de septiembre tuvo lugar el entierro. Junto a sus restos, cientos de trabajadores y familiares lloraban a flor de piel. A pesar de ser muchos, hablaron pocos: la viuda, le agradeció a sus compañeros y pidió justicia. Un mecánico lo recordó tocando el redoblante, como solía hacer en cada manifestación. Su tío se encargó de realzar su figura: dijo que era un excelente padre, un gran marido y un buen trabajador. Todos estuvimos de acuerdo. Finalmente, la despedida fue copada por un silencio de lágrimas. Antes de despedirnos, todos juntos, gritamos nuestro último adiós: ¡David Ramallo, presente! ¡Ahora y siempre!

Santiago Menconi, trabajador de la Línea 60 y compañero de David.

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Archivado bajo Cultura, General, Históricas, Sindicales, Transporte

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