Una hermosa tradición

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Cuatro de la matina. Mañana fría, húmeda, lista para arder. Esta vez el despertador no suena a la chicharra de la fábrica a la que le vas a dejar la salud, sino a un grito de rebeldía  que te entusiasma  y te impulsa a hacer real aquello que tanto estuvimos pidiendo.

Los últimos coches pasan por Mitre, acelerando para evitar lo que vas a hacer. Ventanillas que revelan caras plagadas de un miedo primitivo y enraizado, de una frustración visceral de no estar, y en algunos casos, de una bronca nacida de un discurso preformado que sirve como máscara al miedo y la frustración.

Te encontrás con los mismos de siempre, y como siempre, con algunos más. Te sentís entre los más abnegados exponentes de una clase en continuo despertar. Maestros, obreros, estudiantes, médicos, laburantes, personas.  Aquellos que hacen propio el dolor de millones, y lo vuelven combustible y mecha. Te encolumnás y arrancás con una sola cosa en mente, una misión que te trasciende, que se vuelve histórica: hay que ganar las calles. Hay que garantizar el paro.

Los mulos que envió la borracha, con armas yanquis para represión argentina, mononeuronales y con sed de una sangre que también es suya, forman un muro inexpugnable. No sabés qué pensar: nos falta gente, nos falta decisión, nos falta preparación, pero aún así vas a bancar todo lo que se pueda.  Te das cuenta que a pesar de su esfuerzo, las principales arterias que diariamente dan vida a la capital están cortadas.  El canto “El puente es nuestro” se vuelve un desafío.

Cara a cara con la línea de escudos, te mantenés firme a fuerza de cantos que no sabés cuándo escuchaste, pero que conocés íntimamente. El mar de banderas, multicolor, expresivo, flameante por un viento que surge desde abajo, contrasta   con el frío negro de la uniforme línea de cascos.  Hay que cubrir los huecos, cerrás las líneas para que no se metan. Se vuelve un juego de estrategia, aunque no tiene nada de lúdico. Hay mucho en juego. Y mientras mantenés una aparente calma, calculás los posibles escenarios, discutís por dónde conviene mandarte, mirás sus movimientos mientras ellos miran los tuyos. Y nunca dejás de agitarla.

A lo lejos ves un quilombo: gasearon a algunos. No sabés quiénes son, de dónde vienen, a qué gremio pertenecen. No importa, son compas y hay que bancarlos. Ganamos una nueva posición, esto recién comienza.

Escuchás que también están cortando en el Norte, en Oeste, en Capital, en todos lados, y te sentís salir del cuerpo para plantarte en cada puente de Buenos Aires. Un gigante multicéfalo, rebelde, rabioso y sensible, complejo y complicado, siempre listo para dejar todo, extiende sus brazos para que este paro que exige la bronca de muchos, y por el que muchos se la vienen jugando, no se vuelva  un circo catártico y etílico donde ahogar penas.

Te llega un mensaje. CORTAMOS LA PANA. ¡Qué grosos, con lo jodido que es! Otro mensaje. NOS ESTÁN REPRIMIENDO EN LA PANA. El protocolo antipiquete escrito con garrote, hace su debut, destila su tinta insidiosa, para castigar tu cuerpo, para acallar tu mente, para que te domestiques. La bronca te surge de las entrañas, el canto se vuelve grito pelado: “Ahí están, Ahí están, los asesinos de Kosteki y Santillán”, “no son obreros, no son trabajadores, son los milicos cuidando a los patrones”, mientras mirás con auténtico asco al primer robocop que tenés enfrente. Ellos también son un gigante. Una masa amorfa aunque encuadrada, acrítica, servil. Otro mensaje: ESTAMOS BIEN, VOLVEMOS A SUBIR.

Pasan las horas. El sol en tu cabeza te indica que está llegando el momento de irse, de que llegaste hasta acá, de que lograste el objetivo. Sentís que tal vez no haya sido el más espectacular de los puentes, pero porque siempre querés más. Y recordás que éste, aunque por unas horas lo haya sido todo, no fue sino un capítulo más.

Como cuando tus viejos comenzaban con esta hermosa tradición, sembrando nuevamente banderas arrancadas de cuajo por botas y votos. Los mirabas desde abajo, por más ganas que tuvieran de subir. Eras un guachín y el menemato era picante.

O como cuando desde la cúpula de la que nos miran con desprecio decidieron terminar de acallar ese grito febril que los hizo temer,  cuando se exigió “que se vayan todos”. La saña bestial, manija, irracional de los perros de caza del poder QUE fusiló a dos compas en el  hall de la estación.

El esfuerzo volcado en acción durante muchos años permitió que la memoria de estos compas se plasmara en paredones, en banderas, en carteles, en conciencias,  volviéndolos una imagen que miles ven todos los días desde la ventanilla del tren, recordándonos que se puede ser un engranaje más de esta máquina voraz, o un símbolo de vida.

O como cuando te tocó a vos, sin siquiera darte cuenta, estar adelante junto a la vagancia de la fábrica y muchos compas más. Fue tu momento más solidario. Te asediaron los micrófonos, te cagastes en las patas. Los hombros te pesaban mucho, pero le pusiste el pecho. Sentiste la algarabía embriagarte, de estar en el punto más alto de la tierra. Y al bajar sentiste que eras el mismo, pero distinto. Una historia más entre miles que van dándole su verdadera forma al puente.

Pero tu mente está en el presente, haciendo cálculos. ¿Cuál habrá sido el acatamiento, y cual su efecto? ¿Cuánto habrán cubierto los medios, y cuántas mentiras habrán esparcido? ¿Con qué te van a discutir mañana aquellos que, con indignación ajena, inoculada, se atrevan a cuestionarte? ¿Cuáles son los pasos a seguir para ir preparando el próximo, para que los gordos transas que tienen secuestrado a nuestros sindicatos lo vuelvan a llamar?

Aunque la sangre bombea con fuerza en tu sien, en tu pecho sentís una Armonía que fortalece  tu ser, eso que venís definiendo desde que te diste cuenta que podías. Armonía negada desde que nacemos y que nos corresponde conquistar. Un sentimiento por el que  te levantaste del sillón de espectador para ser una protagonista de esa hermosa historia escrita por miles de manos, legada por miles conciencias. La vuelta, momentánea, se vuelve plena con la profunda satisfacción de saber que fuiste, que sos, y que intentaras ser un componente activo, decidido, vivo, de esta clase en continuo despertar.

Albino

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