Siria: el gran juego

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Desde que asumió hace 100 días Donald Trump ha decidido ampliar la presencia de su país en Siria incrementado el apoyo en el terreno al único actor confiable que le quedaba, los kurdos, para la toma de la capital de facto de ISIS, al Raqqa, esto pese a las protestas turcas. En paralelo, hace apenas una semana, su secretario de Estado, Rex Tillerson, declaraba que el derrocamiento del presidente Asad había dejado de estar entre sus prioridades y que lo principal era derrotar a los grupos terroristas. Sin embargo, posteriormente y en pocas horas, todo parece haber cambiado.

El 4 de abril pasado se produjo la muerte por armas químicas de cerca de 100 personas en un área dominada por los rebeldes anti Assad en el noroeste de Siria, Ildib, limítrofe con Turquía. Sin haber quedado claro si ello se debió al bombardeo sirio u a otra fuente, ni siquiera sin quedar claro de qué gas se trató, a las 72 horas, desde dos destructores en el Mediterráneo con base en España, EE.UU. arrojó 50 misiles de crucero sobre una base del gobierno sirio desde donde supuestamente había partido el ataque químico.

Las causas de dicha determinación pueden ser varias. Por un lado, permitió a un maltrecho Trump recuperar legitimidad en la política doméstica de Estados Unidos, ya que el ataque fue apoyado tanto por republicanos como por demócratas y pone paños fríos a las denuncias de sus supuestos lazos con el ruso Putin (aliado de Asad). Por otro lado, le permite recuperar ciertos lazos que se encontraban maltrechos con sus aliados europeos, turcos, árabes y sionistas.

Tampoco puede descartarse que fuese una señal por elevación para China y Corea del Norte, ya que el Lejano Oriente es otro punto caliente de la geopolítica global actual. El ataque coincidió con la visita del presidente chino, Xi Jinping, a Estados Unidos, en el marco de la presión de Estados Unidos para que China ponga coto al programa nuclear y de misiles norcoreano, bajo la amenaza de que si no habrá una acción unilateral norteamericana.

En este caso, el escenario más benévolo sería que el bombardeo haya sido un acting para recuperar prestigio político y que la cosa no pase a mayores, de allí que la base atacada no haya sufrido grandes daños, mientras el escenario más crítico sería que los intereses de las grandes potencias nucleares sigan en rumbo de colisión.

Sea cuál sea la razón principal, nos recuerda la práctica norteamericana de inventar amenazas para justificar su intervención militar. Ya sean los ataques de falsa bandera que dispararon la intervención en Cuba hace un siglo, o la nunca comprobada denuncia de posesión de armas de destrucción masiva por parte de Irak en 2003, o incluso un anterior supuesto ataque químico en 2013 que casi lleva a la intervención norteamericana en Siria al estilo libio y que quedo en la nada por la intervención rusa.

No es casual que, ante la rápida salida de los cancilleres de Argentina, Chile, Uruguay, Colombia y otros a condenar a Siria, Brasil se haya abstenido suponiendo los peligros que para otras potencias que aspiran a jugar un rol regional (tal el caso de Brasil en Latinoamérica) representan el hacer el juego a la política intervencionista yanqui.

Otra enseñanza es que Trump termina haciendo la política internacional que le criticaba a Hillary Clinton en campaña, mostrando que detrás de las operatorias de los Estados burgueses se mueven fuerzas estructurales mucho más determinantes que las voluntades de los individuos que supuestamente los conducen.

Por Eloy.

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