Crónicas desde el acto del desempleo

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Levantado de ANRed. El lunes primero de mayo se realizaron cinco actos por el día internacional del trabajador y uno más por el día del trabajo. Este último, convocado por el Momo Venegas en el microestadio del Club Ferrocarril Oeste, contó con la presencia de los gremios enfrentados al triunvirato de la CGT y del presidente Mauricio Macri. Hubo micros, choripanes y se cantó la marcha peronista. 


En el territorio argentino un día soleado es un día peronista. No importa si gobierna la derecha, si aplican el ajuste y la represión. Si hay sol, es peronista. Y así está la tarde de éste lunes primero de mayo en el barrio de Caballito, soleada, otoñal, peronista. Estaciono la moto en la esquina de Garcia Lorca y Avellaneda, justo sobre la puerta del bar que lleva el nombre del poeta, y me dirijo hacia el microestadio del club Ferrocarril Oeste. Son las cuatro y media y todavía faltan dos horas para que comience el Congreso del partido Fe, liderado por Gerónimo “el Momo” Venegas y que tendrá, además de los gremios nucleados en las 62 Organizaciones, como principal orador, al presidente Mauricio Macri.

Camino por el barrio tratando de verlo todo, de no perderme nada. Sin embargo, no hay mucho para ver -no por ahora. Las calles están vacías y por las veredas algunos vecinos pasean a sus perros o acompañan a sus hijos a dar una vuelta en bicicleta. No hay ruidos de movilización, no hay manifestación a la vista y mucho menos multitudes. En la esquina de Gainza veo un gran despliegue de seguridad, sobre ambas veredas se ubican carros de infantería, con efectivos de la policía y de gendarmería. Hay vallas y mucha guardia urbana.

A doscientos metros de la entrada al predio, palpo los primeros síntomas de un acto. Escucho algunos bombos y una conversación: una vecina, desde un primer piso, acusa a un hombre de unos cuarenta de apoyar al “ladrón del presidente”. El hombre, desde la vereda, le responde que él es Radical y que nada tiene que ver. Me desconcierto y sigo caminando. Veo, delante mio, a dos jóvenes con remeras amarillas del PRO. Veo, también, varios pasacalles con la consigna “Fuerza Vidal”. Todo es amarillo, solo faltan los globos y la música de Tan Biónica.

Sobre la puerta del predio hay dos camiones con pantallas gigantes, en ellas proyectan imágenes del Momo Venegas. El Momo junto a un grupo de trabajadores, el Momo hablándole a las masas, el Momo sonriendo con un casco de protección, el Momo en un acto de cambiemos. El momo, siempre el momo. El otro que está es Perón, pasan varias fotos de él, en todas ellas, vestido de General.

Detrás de los camiones se encuentra el acceso al microestadio. Sobre sus puertas veo banderas de varios de los sindicatos que integran las 62 Organizaciones Gremiales Peronistas: Obreros del Vidrio, La banda de Corvalán, Sarec, Ernesto “Tito” Arienzo mesa nacional, Horacio Valdez conducción, Sutcapra y UATRE. Debajo de unos pasacalles amarillos que rezan “Vidal Triaca”, la batucada del sindicato del plástico golpea con ritmo sus bombos y redoblantes. La concurrencia es acotada y variopinta, mezclado en el centenar de hombres sindicales, hay: mujeres bien vestidas, muchos hombres con camperas de cuero y algunos otros con camisas y pañuelos al cuello. Parecen un grupo que salió a pasear un domingo al Puerto de Frutos, pero no, están acá, en el acto del partido Fe.

Trato de comprender por qué, si este es un acto convocado por Venegas, no veo trabajadores de la UATRE. Busco en mi teléfono, entró en Google y con sólo un pequeño rastreo encuentro: “Rescatan a 169 personas que trabajaban en condiciones inhumanas”, “Trata de personas, menores y hacinamiento en una chacra de Belisle”, “UATRE intentó coimear y atacar a los trabajadores de Nuestra Huella”, “Venegas manda a amenazar a un dirigente sindical opositor”, “Jujuy, donde gobierna el terror: el Momo, la S.R.A y las patotas de Macri”. Ahora me queda claro, ¿a qué vendrían los peones rurales?

Me siento en el cordón a revisar el celular. Me llegan fotos de los distintos actos y celebraciones: veo multitudes envueltas en banderas, la clase obrera movilizada. Levanto la vista y acá todo es diferente: delante mio pasan grupitos de a diez o quince en silencio; sostienen banderas amarillas o con los colores patrios, pero sin convicción, como si les pesara llevarlas. No puedo afirmar que hayan venido por obligación, aunque lo parezca. A mi lado se sientan dos chicos, uno tiene algo en una mano y con la otra lo tritura, parece un baguyo. El otro me pregunta:

-Hola amigo, ¿no tenés una seda?

Yo sé que no tengo, pero necesito sacarles charla. Hace un buen rato que estoy acá y no pude hablar con nadie. Les digo que si y hago que busco, mientras aprovecho para sacarles algunas palabras. Una vez en confianza, me confieso de no tener papelillo y les pregunto si vinieron a verlo a Venegas. Me dicen que no, que su mamá trabaja en un merendero en Soldati y que hoy les bajaron la orden de que, si o si, tenían que venir. Y si no querían, pregunto. El que pica alza sus hombros, como quién no sabe la respuesta, y el otro se levanta sin contestarme. Se van. Yo me decido a buscar opiniones, quiero saber de dónde y a qué vienen los que vienen.

En la esquina de la calle Fragata Sarmiento hay una parrilla donde venden choripanes y bondiola. Hablo con el parrillero, le digo que habían dicho que no iba a haber choripanes, me responde:

-¿De dónde sacaste eso? Lo que más salen son los choris, los tengo a $40. Baje la bondiola a $70 y todavía no pude vender ninguna.

En la otra esquina, la de la calle Paysandú, hay un kiosco. Hablo con el kiosquero y le pregunto si hay mucha gente, me contesta:

-¡Noo, no hay nadie! ¿Sabés lo que es el estadio? -me hace gesto con la mano- Así es: entrarán tres mil personas con toda la furia y para colmo pusieron sillas. Acá la gente vino traida. ¿Vos te pensás que van a venir a apoyar de corazón a estos garcas? Ni en pedo, viejo.

Sentado, sobre la entrada de un hotel alojamiento abandonado, veo a un hombre con gorra del sindicato plástico, trato de sacarle charla y le pregunto si vino por Venegas o por Macri, me mira de arriba a abajo y me dice, escueto:

-Yo vengo por mi trabajo, ni por uno ni por el otro.

A mi alrededor siguen pasando grupos de diez o quince personas. Entre ellos distingo a jóvenes que algún día, intuyo, serán diputados o senadores; hombres con aspecto de barra bravas; hombres de gafas oscuras y handy en sus manos; mujeres vestidas de domingo; hombres vestidos de domingo; hombres y mujeres de las barriadas, como los chicos que me pidieron sedas. Hay de todo, menos peones rurales. A nuestro alrededor, y pese a que dijeran que venían por su cuenta, se estacionan varios micros escolares, mientras de fondo sigue sonando la batucada. Suena bien, tocan temas del Peppo, de los Cadillacs y de la Mosca. Algo curioso: nadie canta nada. Ni una consigna, ni el himno ni nada. A no ser por la música todo sería silencio, el transcurrir de un feriado cualquiera.

Pero es primero de mayo y es el día internacional de los trabajadores. O “el día del trabajo”, como se encargó de aclarar Venegas en algunas entrevistas. Adentro, en el microestadio del club Ferro, está sesionando el congreso del partido Fe. Estoy cerca, pero no puedo entrar. En un rato llegará la plana mayor de Cambiemos, con Macri a la cabeza, y comenzará el acto. Miro el reloj en mi teléfono, son las 17:09 y, en este preciso instante, comienzan a sonar las bombas de estruendo. Suenan fuerte, en intervalos de un segundo. La batucada se frena, solo hay ruido de bombas. Supongo que será el llamado para entrar y me acerco a la puerta. Me quedo parado mirando como son los movimientos en la entrada. Van pasando de a grupos: se abren los portones, entra el malón, se vuelven a cerrar; viene otro, pasan y así. Presto atención, veo a un hombre con una libreta dirigirse a una ronda de personas.

-Chicos, chicos, estén atentos ¿Quién falta anotarse? Los que ya se anotaron, por favor, a la vereda.

Fantaseo, por un segundo, con meterme en la fila, dar mi nombre, ver qué me dicen y tratar de entrar. Lo asumo imposible y desisto. En la entrada las medidas de seguridad son extremas. A la gran presencia policial, se le suma la impronta de los grandotes sindicales custodiando la puerta y, alrededor, abundan los hombres de gafas y handys en mano. Algunos me miran fijo, me siento perseguido ¿o será que yo los estoy mirando a ellos? Será mi paranoia, será mi soledad y la manera en que escribo compulsivamente en mi teléfono o será, recién me doy cuenta, que soy el único barbudo entre esta muchedumbre. Nadie más con barba. Solo yo. Pero, ¿que tendrá que ver? Abandono mis impulsos persecutorios y abandono, también, la puerta de entrada.

Mientras camino en retirada miro hacia arriba y veo el cielo sin nubes y la sombra sobre los edificios del barrio; miro hacia abajo y veo el cemento de la calle, junto a pies de desconocidos y a una alfombra de volantes. Me agacho y recojo uno. Es el primer y único volante que veo. Ya en la esquina, frente a la puerta de entrada, rodeado de remeras del PRO que rezan “Paula Villalba, legisladora” y “agrupación Submarino Amarillo”, me detengo a leer. Los volantes, en grandes letras helvética, dicen: “Momo Venegas traidor, te va a pasar lo mismo que a Vandor”. Están firmados por la Juventud Sindical y son un claro mensaje del enfrentamiento que mantienen ambas facciones en el interior de la CGT. Venegas se opuso al Triunvirato cegetista calificándolo de mamarracho por su posición de ir al paro. De hecho, fue más lejos: intentó impugnar el congreso de la CGT por medio del Ministerio de Trabajo.

En este mismo momento, a once kilómetros de distancia, en el estadio de Obras Sanitarias, otros muchachos peronistas realizan su acto. Los mismos que acusan de traidor a Venegas son los mismos que fueron tratados de traidores en su acto del 7 de marzo. Solo que, a diferencia de Venegas, los de Obras están en contra de Macri. Hay traidores y “traidores”.

Son las 17:50 clavadas y un ruido ensordecedor me saca de mis cavilaciones: es el helicóptero que, intuyo, trae a Macri y a la plana mayor de Cambiemos. Pasa volando a pocos metros de donde estamos, sobre los móviles de Crónica TV y de C5N. La gente lo mira sonriendo, algunos saludan, pero el bólido sigue su marcha hasta descender en el campo de juego de la cancha de Ferro.

Frente a donde estoy parado, se estaciona una camioneta de OSPRERA, la Obra Social de los peones rurales; tiene inscripta la leyenda “Cro. Trabajador rural su aporte vuelve en beneficios y salud para ustedes y su familia”. Vuelvo a pensar en lo que leí en Google y no me cuesta adivinar que allá lejos, en medio de esos hacinamientos, donde trabajan los peones en condiciones de semi esclavitud, debe haber una gauchita parturienta preguntándose a dónde fueron a parar sus aportes y en dónde está la camioneta de su obra social.

Son las 18:15 y casi no queda nadie afuera. Me resignó a entrar y comienzo a irme para ver los discursos por televisión. Por delante mio pasa una pareja corriendo, me detengo en las calcomanías que tienen pegadas a la altura del corazón: emulan una escarapela y llevan la inscripción “cultura del trabajo”. Pienso que se confundieron de acto, que ahí adentro, en el microestadio de Ferro, el presidente y Venegas van a celebrar el día del desempleo, el de la producción al menor costo. Pero esas son presunciones mías y poco importan. Lo que sí importa es que hoy, lejos de acá, cientos de miles de trabajadores se movilizaron contra el modelo hambreador de este gobierno. Pienso en Brasil y en la huelga general contra las reformas laborales del presidente Temer, me pregunto que nos falta para hacer como ellos, para unir los cinco actos en un verdadero movimiento de lucha. De lejos se oyen las primeras estrofas de la marcha peronista, adentro, la poca concurrencia canta y festeja. Afuera somos más, muchos más, y todavía no lo entendimos.

Por Santiago Menconi para ANRed

 

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