Con las manos en la masa y con los pies en la tierra (sobre movimientos sociales y lucha de clases)

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Lumpenes, cabecitas negras, parias, gatos del plan, choriplaneros, mantenidos por el Estado. Piqueterxs, cooperativistas, trabajadorxs autogestionados, laburantes de la economía popular. Luchadorxs sociales. Militantes territoriales. Muchos apelativos, muchos de ellos negativos y muchos otros positivos a la hora de dar un nombre o un significante a un amplio sector del campo popular, caracterizado por el dinamismo y la flexibilidad organizativa. Movimiento Social es una generalización semántica de un amplio espectro de formas políticas de dar entidad a las manifestaciones políticas populares en un sentido dialéctico que expresa un “trascender” o “caminar” un determinado proceso político de identificación y de concreción de una metodología propia de intervención. Desde ese lugar, junto con el dinamismo propio de los sectores populares, se van encontrando formas más macro de aglutinar estas experiencias, de acuerdo a la afinidad ideológica o a la similitud metodológica: Federación de Organizaciones de Base (FOB), Frente Político y Social La Brecha (antes coordinadora de organizaciones), Frente de Organizaciones en Lucha (FOL), Asociación Gremial  de Trabajadores Cooperativos, Autogestionados y Precarizadxs (AGTCAP), Frente Popular (Darío Santillán en sus dos vertientes por ejemplo),   Federación de Mutuales de Buenos Aires (FEMOBA), Movimiento Campesino (MOCASE), Unión de trabajadores (UTT o UST) Confederación Nacional de Cooperativas de Trabajadores (CNCT), Confederación de Trabajadorxs de la Economía Popular (CTEP), Federación Argentina de Cooperativas de Trabajadorxs Autogestionados (FACTA). Formas de ordenar hacia dentro y hacia afuera una particular intervención y una especial metodología  con un escenario de disputa simbólica, social y política preponderante: las calles.

Si nos remontamos a la historia reciente de nuestro país, podríamos identificar que las grandes corrientes de pensamiento que dieron orígenes a los famosos “movimientos nacionales y populares” (tan vanagloriados por las burguesías nacionales) como el radicalismo y el peronismo, fueron antecedidos por el anarquismo y el comunismo. Incluso si nos remontáramos más atrás, por las corrientes de pensamiento latinoamericanista como el indigenismo y el caudillismo, la idea del “movimiento social” no expresa más que el dinamismo mismo de la lucha de clases. ¿Cómo se fue dando forma a ideas libertarias, solidarias y más justas si no fue a partir de un proceso de toma de conciencia  de los sectores populares? La historia nos absuelve: La Patagonia Rebelde, La Semana Trágica, La Resistencia Peronista, El Cordobazo y el Rodrigazo, Las Huelgas Generales de los 80, El Cutralcazo y el Argentinazo del 2001 fueron procesos populares de implosión a nivel institucional pero de explosión de democracia obrera y popular en cada espacio donde el Estado y el Capital hacían del palo y el garrote una norma que atentaba contra nuestra idea de una vida digna.

Pero ¿para que pelean y que quieren los movimientos sociales? Entre el variopinto conjunto de ideas políticas que atraviesan a estas expresiones (tan variadas como lo es el campo popular en sí mismo) los orígenes de los mismos y sus demandas no son tan disímiles. No se trata de la cuestión sistemáticamente instituida (y hegemonizada por los sectores de poder) de querer pasar de ser excluidos del tejido social a ser explotados dentro del conjunto de la división del trabajo y de los medios de producción. Los movimientos sociales pelean y luchan cotidianamente (porque el territorio es su única unidad básica o su célula de acción cotidiana) por no solo lo urgente (mejores condiciones de trabajo, mejores salarios, mejores infraestructuras y acceso a derechos básicos como el agua y la vivienda digna) sino también que pelean por lo necesario (construyendo otras formas de vida democrática, basistas, de tipo horizontal, asamblearia) que plantea otra manera de relacionarse con lo comunitario, lo público y lo estatal. Construye las casas que habitaran sus compañerxs, coserá los guardapolvos que usaran los hijxs de todxs, limpiara las plazas donde los mismos jugaran, edificara las veredas donde los pies de sus compañerxs de clase pasaran. Construirá todo lo necesario para lograr un empoderamiento popular y otra manera de concebir la realidad, más solidaria, más justa. Más nuestra. Poder popular, le supieron llamar algunxs. Pero no se trata solo de producir bienes materiales. Los años de aprendizajes, nos han enseñado como sujetx  (s) históricx (s), un amplio abanico de opciones que podemos encontrar a la hora de buscar respuestas inmediatas: ese fin, termina siendo el medio para algo superador. Miremos sino a las experiencias de las fábricas recuperadas (con el IMPA, la Ex Zanon o el Hotel Bauen) o la experiencias  de medios cooperativos (Fm En Transito de Castelar, Tiempo Argentino, Infonews o Radio América) o de redes de medios nacionales como FARCO  (Foro Argentino de Radios Comunitarias) RNMA (Red Nacional de Medios Alternativos) o ARECIA (Asociación de Revistas Culturales Independientes). Formas de abordar emergencias que terminan siendo la respuesta o el camino a seguir de un horizonte nuevo que se construye día a día.

Pero entonces ¿Por qué pelean los movimientos sociales?

Estos últimos años, ante el crecimiento político durante los últimos veinte años de estas expresiones populares (con épocas de avance, de retrocesos y repliegues) la batalla de los movimientos sociales es superar el margen de intervención  asistencialista para encontrar en la lucha, los modos posibles de vivir una vida con dignidad pero con autonomía del Estado. La declaración de la emergencia social el año pasado, que si bien funcionó como detonante e instalador en la agenda pública de demandas del sector, funcionó como un atenuante de las luchas por el grado de institucionalidad y burocratismo que implicó el tener que sentarse a “charlar” con el gobierno y sus representantes de turno (con determinados y especiales actores del sector movimientista). Aun así, representó un techo desde donde pararse y pelear nuevas demandas y el cumplimiento de la ley votada, no en disputas de café, si no en la simple y llana batalla callejera, violando cualquier prurito metropolitano conservador y las normativas represoras vigentes (Ley Anti piquetes de por medio).

Pelear por un salario social complementario, por paritarias del sector, un registro de trabajadores de la economía popular (entre otras reivindicaciones) se complementa con las exigencias históricas que aun siguen vigentes en las calles, que se reclaman y construyen en cada ocasión que es posible: una movilización en la última semana de noviembre a La Plata exigiendo obra públicas, pago de salarios y cese de la criminalización; una toma de tierras en Moreno; un plan de viviendas populares en Florencio Varela; ollas populares en José C. Paz para exigir recursos para los comedores barriales; una movilización contra la reforma laboral, tributaria y previsional en Plaza de Mayo; una movilización en Avellaneda exigiendo justicia por compañerxs militantes asesinados; una concentración en San Miguel por Santiago Maldonado o por el 8 de marzo; un corte de rutas en Cuartel V para exigir servicios básicos como luz y agua o en José C. Paz nuevamente, una concentración para exigir mejores condiciones de salud o el cese de la perpetuación de los basurales a cielo abierto; un trenazo en el conurbano, organizado por movimientos feministas para instalar la lucha contra las violencias; las disidencias sexuales organizándose para manifestarse libre y orgullosamente por las calles de la Capital Federal; un mercado agroecológico creado en Lujan para combatir los pesticidas y el agronegocio; una recuperación de tierras ancestrales por parte de comunidades originarias en el sur del país; una ocupación de una fábrica o de un medio de comunicación para defender, no la plusvalía asesina, si no el valor humano del trabajo en justas condiciones.

Al fin y al cabo muchas opciones y maneras de construir que tiene nuestro pueblo para defenderse en primer instancia y de paso, construir algo nuevo. En esas condiciones, seguimos batallando.

“Dijimos que se vayan todxs.  Y que se llene de pueblo: la vida, la calle, la mesa y el pan.” Pichón de Yarará. El Culebrón Timbal. 2008.

Por Joaquín Bel.

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