Crónica de otra muerte obrera: el caso Rowing, la tercerizada de Edenor

El miércoles 24 de enero falleció Jose Maidana, electricista de la empresa Rowing -una tercerizada de Edenor. Es el tercer caso en los últimos 10 meses. Sus compañeros denuncian que no se cumple con el convenio y que no se garantizan las condiciones de seguridad e higiene. En esta crónica te contamos los pormenores de un nuevo asesinato laboral. Por Basta de Asesinatos Laborales para ANRed.

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El 9 de septiembre de 2016 fallecieron tres trabajadores en la ciudad de Buenos Aires. Desde ese día, junto a compañeros y familiares de las víctimas, tenemos un grupo de WhatsApp. Se llama Basta de Asesinatos Laborales. Cada notificación es el anuncio de una nueva muerte. El miércoles 24 de enero el grupo se llenó de mensajes.

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José Maidana tenía 28 años, una esposa, un hijo de dos y un trabajo peligroso: era electricista de alta tensión en Rowing, una tercerizada de Edenor. Era -en pasado- porque mientras trabajaba sobre un poste electrificado, en la localidad bonaerense de Ituzaingó, una descarga eléctrica de 380 watts terminó con su vida, con su futuro y el de su familia.

Son las seis de la tarde en la esquina de Monroe y avenida del Libertador, en el barrio de Belgrano. Sobre las puertas de la empresa Edenor, cientos de trabajadores de Rowing esperan una respuesta. Están cansados, pasaron la noche en vela esperando que alguien los atienda. Ese alguien se hace esperar: ninguno de los gerenciadores de la contratista vino a dar la cara. Es el tercer fallecido en los últimos diez meses. Los empresarios hablan de accidentes, los trabajadores tienen otra versión:

“Todos los casos fueron evitables: el del cordobés, el de Maidana y el de Paiva también. Lo que le pasó a nuestro compañero, que quedó pegado transplantando un poste, fue porque estaba trabajando apurado, porque tenés que llegar a la producción. Si no lo haces, no llegas a cubrir ni tu sueldo ni los gastos del vehículo y quedas debiéndole a la empresa”.

Los electricistas tienen camisas azules y pantalones de grafa, la mayoría anda de zapatillas. Dicen que no les dan el calzado adecuado y que tampoco les garantizan los implementos de seguridad. Se arman asambleas improvisadas y pequeños grupos de trabajadores conversan entre sí. Entre los operarios hay una mujer, es la esposa del Cordobés, otro electricista fallecido. Su caso nos estremece:

“A la familia de él, Rowing le ofreció 20 lucas. 20 lucas vale la vida de un obrero para Rowing. ¿Por qué? Porque el seguro se abrió de gambas por estar trabajando con tensión, con riesgo eléctrico. Y eso el seguro no nos cubre. Eso es lo que nosotros estamos reclamando”.

Conversando con los operarios nos enteramos que trabajan en jornadas de entre 12 y 16 horas; que Rowing es una empresa que terceriza el trabajo de Edenor; que los tienen bajo convenio de UOCRA, cuando deberían estar encuadrados en Luz y Fuerza; que la aseguradora no les cubre sus siniestros: por trabajar en alturas y con tensión. Nos cuentan que hicieron la denuncia, que la empresa no se hace cargo, que el Ministerio de Trabajo se declaró incompetente y que la CGT archivo el expediente.

A las 19:30hs. los trabajadores reciben un mensaje de la empresa: les piden que abandonen Edenor y que se trasladen a una plaza cercana para poder conversar tranquilos. Los trabajadores dicen que no, que si quieren llegar a una solución que se acerquen ellos. Y ahí se quedan, sobre la vereda, protestando pacíficamente. Mientras esperan, nos siguen contando sobre su situación, algunos testimonios son escalofríantes:

“Llamas a Edenor y no te quieren cortar la energía del transformador, porque ellos están facturando. Y tenés que laburar con tensión”.

“A mí no me interesa Edenor, a mí me interesa mi vida y la de mi familia, yo salgo todas las mañanas y no sé si vuelvo. Este laburo es así, estas constantemente con riesgo de muerte”.

“Él subió confiado a trabajar a su sector y se encontró con que tenía tensión. Murió ahí nomás, quedó seco ahí nomás”.

“A mí mi encargado me llamo dos millones de veces para que vaya a trabajar. Dice que cortaron contratos a Rowing, dicen que estamos todos echados”.

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Los testimonios de los electricistas de Rowing son el común denominador de las políticas de ajuste. De acuerdo con los relevamientos de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo, en 2015 fallecieron 459 trabajadores en sus puestos laborales. Uno cada veinte horas. Sí a este número se le sumasen las muertes de los trabajadores informales, como mínimo, la cifra se duplicaría. En esto se basa el negocio de las tercerizadas: abaratar la mano de obra, pagando sueldos por fuera del convenio y poniendo en riesgo la vida de los operarios. Para Rowing, el negocio es redondo; para los trabajadores, demasiado caro.

Al tiempo que el sol cae y el cielo se oscurece, se encienden las luces de la ciudad. Sobre la avenida del Libertador sigue la protesta. Hay un cordón de policía y varios jerárquicos con cara de susto. Un trabajador llama a asamblea, los directivos de la empresa vinieron a dar la cara. El que lleva la voz cantante se muestra prepotente, con una sonrisa plagada de cinismo le dice a sus empleados que todo se trató de un accidente y que van a negociar las condiciones de seguridad sí, solo sí, vuelven a sus tareas. A su lado, otros jerárquicos de menor grado y una escribana asienten y consienten. Los trabajadores protestan.

Luego de escuchar las excusas de los empresarios, los electricistas toman una decisión: van a volver a trabajar con la promesa de una mejora en las condiciones de seguridad e higiene. A algunos lo resuelto no los convence: “voy a aceptar lo que decidieron todos, de volver al obrador, pero no quedo conforme. No se consiguió mucho, pero se consiguió algo. Jugaron con nuestra necesidad y con la de nuestras familias”. Pese a las muertes y a la lucha, los empresarios de Rowing se siguen llenando los bolsillos a costa de la sangre de los trabajadores.

A último momento, mientras nos despedimos de los compañeros, se nos vienen a la cabeza los tarifazos de luz. Le preguntamos a uno de los electricistas si ese dinero se vio reflejado en el servicio. El operario se nos queda mirando, se rasca la cabeza y con cara de extrañeza nos responde:

Estamos de luto, che, no me hagan reír.

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